Aquel duende que un Domingo Calzado
pasional comenzaba a enseñar, allá por el año
2002, en el Teatro Gayarre de Pamplona o en el imprescindible
Libertad 8 de Madrid, ha alcanzado ya su mayoría de
edad con 'A cal y canto'.
Tras un primer disco, homónimo,
que les llevó a ofrecer más de 70 conciertos
por todo el Estado y en el que fueron producidos por Iñaki
'Uoho' Antón, Calaña se muestra ahora como
un cesto, cuyos mimbres principales siguen siendo el flamenco
y el rock pero con un abanico que se cierra y se abre a
golpes de blues, funk, latin e incluso soul y que ha crecido
notablemente a lo alto y a lo ancho.
A lo alto gracias a la aportación
compositiva de Alén Ayerdi (batería) y Mariano
Medina (guitarra), tándem que ha forjado la espina
dorsal del álbum; y a lo ancho gracias a la fortaleza,
amplitud y exquisitez que le ha dado al sonido del grupo
la producción de Charlie Cepeda.
'A cal y canto' se alimenta de canciones
como 'Trenzas verdes', que no dejan rincón sin lágrima;
'Negrita', con guitarras que brillan en cada mirada; 'Hojas
secas', travesía de tempestad, mareas, sol y luna
bañada en raíces árabes; o 'Hibernar',
en la que la voz de Airam Etxaniz, una de las dos nuevas
incorporaciones de Calaña junto con Jorge Soto (percusiones),
es capaz de quitar “las espinas del más lindo
rosal”.
Once composiciones que reinventan matices
tras cada escucha, en las que se descubren sentimientos
de rabia, dolor y vida tras cada estrofa y se respira libertad
en cada compás.
Si a todo eso le sumamos un caminar
eficaz, marcado por el bajo de Oswaldo Oneca y colaboraciones
como las de Tito Dávila (teclados y piano) o la del
propio Charlie Cepeda (guitarras y percusiones), el resultado
es un disco excepcional, que cautivará a unos por
su sencillez y a otros por su complejidad, a unos por su
mirada rockera y a otros por su llanto flamenco. Pero lo
que está claro es que inevitablemente te atrapa,
lo cojas por donde lo cojas.
‘Me tiren los perros', primer
single de este álbum, es la punta de lanza de una
colección de canciones que discurren por calles de
héroes anónimos, miradas de ojos pardos y
guitarras que provocan rendiciones incondicionales.
FERNANDO F. GARAYOA